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La cara oculta

Por Leandro Grille.

Foto: Dante Fernández.

El movimiento de los “autoconvocados” rurales tiene una cara explícita marcada por una serie de reivindicaciones vinculadas a la rentabilidad del negocio agrario, que se manifiesta a la luz del día en el marco de manifestaciones pacíficas, por medio de proclamas que incluyen propuestas y consignas concretas, y una cara oculta que se filtra en cuentagotas, en audios de WhatsApp, redes sociales y declaraciones destempladas de personajes cuya representatividad se desconoce, pero que nadie desautoriza ni desmiente, y cuyo contenido programático es francamente político y sus iniciativas metodológicas son lisa y llanamente golpistas.

El presidente Tabaré Vázquez reaccionó al rostro visible del conflicto rural invitando a las gremiales a reuniones que él mismo presidió, ofreciendo medidas y beneficios concretos para los sectores más golpeados del campo y conformando una mesa para estudiar los planteamientos del ruralismo, pero no ignora, porque nadie puede ignorarlo, que en el universo soterrado de lo que circula por debajo de esta revuelta veraniega, anida lo otro, un combo peligroso de odio de clase y desesperación política, cuyo único objetivo es voltear al Frente Amplio e implementar una restauración que favorezca a lo más rancio del empresariado en detrimento de los trabajadores y la gran mayoría asalariada del país.

La cara oculta no es una cara aislada de loquitos sueltos. Directores de intendencias, ediles y dirigentes de corrientes del Partido Nacional han sido sólo algunos de los protagonistas de mensajes increíbles, iracundos, delirantes, amenazando con sitiar Montevideo con camiones, desabastecer, iniciar una guerra civil, “que corra sangre si tiene que correr”, impedir que lleguen alimentos a la capital y a los principales balnearios, piqueteando las rutas y otras iniciativas extorsivas que conformarían un menú virulento de opciones previstas hasta que el presidente claudique en una campaña demencial que busca sacar al Frente Amplio del gobierno, entronizando a la oposición. Para colmo, a esta gesta se han sumado con pronunciamientos formales y sustantivos los canales y las radios, la gran prensa y un centenar de agrupamientos empresariales, aunque, a priori, no tengan nada que ver con el negocio agropecuario, por lo menos a simple vista.

¿Qué apoya, por ejemplo, Andebu? ¿Acaso las reivindicaciones de los autoconvocados rurales y su demostración del 23 de enero en Santa Bernardina o lo que en verdad los entusiasma es la agenda paralela que pretende terminar con el ciclo progresista a como dé lugar? ¿A qué se refiere el editorial de El País de este jueves cuando en su última frase expresa, amenazante: “De ahora en más, esto sólo se va a poner peor. Hay que tenerlo claro”?

A mí no me cabe la menor duda de que la verdadera agenda es la que hoy aparece tapada, filtrada, dicha pero no dicha. En realidad, los portavoces del verdadero movimiento patronal no son esos productores que se juntan con el gobierno a discutir alguna rebaja de combustible, un fondo de garantía o el reperfilamiento de las deudas, sino esas voces misteriosas que auguran que al gobierno “se le viene la noche” en grabaciones que emergen como la punta de iceberg de intolerancia cuya profundidad y violencia nadie conoce exactamente.

Nadie debe hacerse el desentendido cuando Lacalle Pou está diciendo que el ciclo se terminó, Larrañaga habla de comenzar a gobernar desde ahora, otro dirigente llama a la rebelión, el sospechoso Ignacio de Posadas incitando a una “revolución” y Ramírez Saravia pidiendo que la cosa vaya en serio contra el Frente Amplio, así haya que largar 10.000 ovejas por Agraciada.

Mientras Tabaré y el gobierno se prodigan en gestos de entendimiento, buscando soluciones, ofreciendo una mano tendida para el reclamo legítimo de productores que atraviesan un momento complicado, el Frente Amplio debe prestar atención al alzamiento paralelo, porque es ese perfil político y psicológico el que mejor representa a los sectores opositores que quieren fogonear la protesta y convertirla en su plataforma de despegue ante un 2019 que se acerca y que se les presenta complicado, no sólo para ganar, sino para, por lo menos, quitarle la mayoría parlamentaria a la izquierda.

La estrategia de Tabaré de convocarlos, adoptar medidas concretas contemplando a los sectores problematizados, junto a la torpeza de muchos dirigentes de los partidos tradicionales, que han intentado apropiarse del movimiento ruralista, ya tiene consecuencias en el propio colectivo de autoconvocados rurales, por lo que muchos pequeños y medianos productores se bajaron de la convocatoria de las vigilias de esta semana y estimaron las medidas ofrecidas por el gobierno como un avance concreto y significativo.

Probablemente, con el paso de los días y la concreción de nuevos acuerdos en el marco de la mesa de diálogo, en el ruralismo se acrecienten las contradicciones entre los productores que buscan soluciones a la rentabilidad en sus rubros, como el arrocero, el lechero y el hortifrutícola, y los terratenientes, ganaderos y otros agroexportadores que están buscando una megadevaluación como primer paso a la instauración de un modelo neoliberal copiado del que están impulsando Mauricio Macri en Argentina y Michel Temer en Brasil. Unos se irán plegando a las soluciones y al camino del diálogo, mientras los otros irán promoviendo la radicalización en su descontento.

El camino de la radicalización, con un discurso polarizador desde el odio, que opone el campo a la ciudad, a los pobres con la producción, a las políticas sociales con la rentabilidad empresarial, es peligroso para la democracia y para la convivencia. Esta embestida bucólica ha logrado en los últimos días unir a los frenteamplistas, incluso muchos de los desencantados, pero si la tesitura de la cara subterránea no cambia, si continúan las amenazas, y aun más, si se concreta alguna de las propuestas insensatas que andan mascullando, no bastará con la unidad espiritual; habrá que movilizarse, porque la manifestación es un derecho que nos ampara a todos, también a los agraviados por los que no entienden que los gobiernos se cambian con votos en las urnas y no con camiones bloqueando las rutas, sitiando la ciudad y hambreando al pueblo.

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