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Venezuela, hacia la guerra civil

Por: Ugo Codevilla, Analista

La permanente protesta de la oposición entorpece cualquier solución negociada. Se usa la queja para impulsar una especie de guerra civil. No hay reflexión ninguna, la excitación provoca más convulsión, hasta convertir la protesta en acción irracional. Ni la voz apaciguada del Papa puede persuadir a los rijosos. El país está dividido y en tal situación, las muertes continuarán.

El Parlamento, tan defendido por los opositores, es el cuartel donde se trama la caída del gobierno chavista. Mientras esto sucede, países como México, un cementerio a cielo abierto gobernado por gente corrupta y promovedora del narcotráfico, exige para Venezuela una democracia y paz social que ellos no garantizan a sus ciudadanos. 200 mil asesinados, 30 mil desaparecidos, escalofriantes tumbas clandestinas repletas de cadáveres, 60 millones de pobres. El peor país para ejercer el periodismo y líder en feminicidios. Este es el gran centro antichavista que compite con Miami, así como respaldo dócil del uruguayo Luis Almagro, secretario general de la OEA. En síntesis, el reo como juez.

Confrontado con esta fuerza nacional e internacional, Maduro defiende su administración, en tal sentido, convocó a un Asamblea Constituyente. ¿Qué significa? Restarle poder a los desestabilizadores, quienes se refugian en el Parlamento (inoperante como tal) y en los grandes medios como CNN.

Asamblea Constituyente que representa, en pocas palabras, una instancia política alternativa conformada para mermar la estrategia belicista de la MUD, esto es, imponer verdades ante el dominio de las mendacidades factuales. No obstante la oposición proclama que, con dicha medida, Maduro refuerza el “golpe”. Genuina paradoja, aquellos que promueven la violencia señalan a sus antagonistas de violentos. Acusan al gobierno como criminal cuando ellos envían a sus huestes al choque para sembrar lesionados y fenecidos. Mentir, tergiversar, imputar y sumar muertos, consigue prensa.

Pero lo más insensato es insistir en celebrar comicios adelantados. No se puede asegurar democracia cuando lo que impera es la riña desaforada. Pensemos, ¿los discrepantes entrados en rebeldía aceptarían una victoria del chavismo? Es oportuno recordar a Donald Trump cuando dijo, mi triunfo es la única certeza de que no hubo fraude.

Ahora bien, este gigantesco distractor oculta lo fundamental: tumbar a Maduro no soluciona el conflicto venezolano. En efecto, la victoria opositora llevará a Miraflores a Capriles o algún Caprilito, quien intentará desarmar el chavismo. Reducir los programas sociales (actualmente el 60 por ciento del presupuesto se va en inversión social), empobrecer salarios en aras de la competitividad, privatizar el petróleo y, sobre todo, un saqueo descomunal basado en que ya compraron al chivo expiatorio, Nicolás Maduro.

Entre tanto abuso, corrupción, neoliberalismo, el chavismo organizado saldrá a la calle a quejarse, planteando la confrontación violenta con el signo cambiado. Otra vez manifestaciones, enfrentamiento, muertos, solo que la MUD no se tentará el corazón, llamará a las fuerzas armadas a disolver el descontento usando dos argumentos harto conocidos: masacre y encarcelamiento por miles.

Podemos estar seguros que quienes persiguen el petróleo venezolano les importa poco cuantos nacionales mueran. Son expertos en desestabilizar y promover el saqueo, por eso, están detrás de todos los conflictos. Irak se quedó sin Estado, Libia vive en caos perpetuo. Así también Siria, Afganistán y ahora, Corea del Norte. País más pequeño que Uruguay, con un PIB cinco veces inferior (35 veces en cuanto PIB per cápita), considerado amenaza letal para el mundo. Por lo pronto, ¿cómo se come la injerencia de la embajadora Kelly Keiderling, cuando recomienda (¿exige?) que Uruguay eleve la voz en el creciente conflicto en Asia Pacífico? Como dicen en México: ¿qué tanto es tantito?

Me permito una aclaración correspondiente al artículo anterior a solicitud de varios lectores: Rusia, Irán y Hezbolá auxilian militarmente a Siria a solicitud expresa del gobierno comandado por Bashar al Ásad, a diferencia de EEUU y sus aliados, activos en territorio sirio desconociendo la autoridad gubernamental. Si no tienen autorización oficial para intervenir militarmente y bombardean al ejército del país en cuestión, se declaran enemigos, por tanto, sus fuerzas terrestres y aéreas actúan como invasoras.

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