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Una política exterior ambigua

POR LEANDRO GRILLE VIERNES 31 DE MARZO DE 2017

En este período, las oscilaciones de la política de cancillería han logrado forjar un consenso en contra. A izquierda y derecha campea la insatisfacción con una gestión de las relaciones exteriores que no es clara ni unívoca, que parece disputada y disputable, al mando de un canciller que no comulga con la mayoría del Frente Amplio (FA), que no discute sus decisiones en el Consejo de Ministros, pero que a la vez goza del beneficio de la confianza personal del presidente, y seguramente de sus directivas y correcciones reservadas.

Los últimos movimientos de Nin Novoa se inscriben dentro de esa ambigüedad deliberada, siempre un poco más volcada a posiciones conservadoras. Es así que mantuvo su prédica contra el gobierno de Venezuela, firmó la declaración conjunta con 14 países de la OEA, entre ellos todos los gobernados por la derecha, y algunos de inexistente legitimidad democrática, como Brasil o Paraguay, y se sumó a la convocatoria a una reunión injerencista auspiciada por la obsesión de Almagro. Dicha firma la hizo a espaldas del FA, con pleno desconocimiento del resto del gabinete, y provocando indignación en las bases de la izquierda, y en los movimientos sociales. A la vez que Nin tomaba este camino, contestado por varios sectores y la central obrera, el grupo de trabajo del Foro de San Pablo, en México, con el apoyo del FA, emitió una declaración de apoyo a la Revolución Bolivariana. Esta declaración también fue objetada, pero por el grupo Banderas de Líber, que sacó un comunicado con duras críticas a Venezuela y exigiendo rechazar la declaración del 25 de marzo de este conglomerado de partidos de izquierda, al que pertenece el FA.

Cuando la sede de la OEA ardía por la reunión en la que Almagro intentaría nuevamente aplicarle la Carta Democrática, ahora estimulado por el pronunciamiento de voceros del gobierno de Estados Unidos que advertían represalias económicas contra algunos países de Centro América y el Caribe por su decisión de no sancionar a Venezuela, el ministro Nin avisó que había dado instrucciones de no acompañar la moción de aplicar la Carta Democrática. La posición compensatoria –te insulto, pero no te echo– molestó a la derecha local, aunque fue la posición de la mayoría de los 14 países firmantes. En la reunión de la OEA, tras una ardua discusión, 20 países decidieron que se podía discutir el tema Venezuela (entre ellos Uruguay), 12 dijeron que la OEA no tenía derecho ni a tratar el asunto y dos países se abstuvieron. Venezuela no logró su cometido de que el tema fuera excluido del orden del día, pero luego quedó conforme porque la OEA no adoptó ninguna resolución. El que perdió de acá a Washington fue Luis Almagro. Pero está claro que a Almagro ganar o perder una votación sobre Venezuela le importa un pomo. A su reputación y su prestigio ya no tiene que protegerlos, porque no hay un solo estado que lo tome en serio. Su ganancia está en otro lado, y no debe ser poca.

Pasada las horas, trascendió que la cancillería uruguaya no había permitido el ingreso de un representante del Partido del Trabajo de Corea del Norte. Semejante acto de sumisión a la disposiciones del departamento de Estado estadounidense causó indignación en el FA. Sobre todo porque el representante norcoreano había sido invitado por el presidente del FA, Javier Miranda, y no era una visita ni de Estado ni diplomática, dado que el hombre es embajador en Perú, pero no tiene ese carácter en Uruguay. La decisión de Nin molestó al propio Tabaré, que se lo comunicó a Nin y a José Mujica, que la criticó públicamente. Lo mismo hicieron dirigentes de sectores del FA y José Bayardi, que dirige la Comisión de Asuntos Internacionales del FA.

Si bien la mayoría de los sectores y militantes del FA rechazan las posturas del canciller, estas claramente representan a una minoría muy influyente de la coalición de izquierda, y ni hablar que la derecha estaría encantada de que se profundizaran. El problema de los partidos de oposición es que, por el momento, Nin compensa o es compensado. Baste como ejemplo lo sucedido en el Mercosur: cierto es que Uruguay permitió la escandalosa suspensión de Venezuela, bajo amenazas directas de José Serra, que ya fue, y Michel Temer, que todo indica que será boleta en pocos meses. Pero antes de permitirlo por la vía de plegarse a un consenso sancionatorio, estiró todo lo que pudo el asunto y marcó independencia de criterio. Uruguay marcaba un criterio solidario con Venezuela, lo cual irritaba a la oposición, pero a la vez el canciller se burlaba públicamente de la ministra Delcy Rodríguez en una cena de empresarios, lo que producía rechazo en la izquierda política y social. Al final, además, Uruguay cedió y la presidencia pro témpore de Venezuela fue desconocida, antes de directamente suspenderla con subterfugios.

Mucho se criticó al viejo Pepe Mujica por su famosa frase tergiversada, emblema de la inconsistencia: “Como te digo una cosa, te digo la otra”. Pero la incongruencia política de la política exterior uruguaya es mucho más ostensible. El problema de fondo es que el FA y los movimientos sociales apoyan experiencias políticas que el gobierno, por la menos a nivel de cancillería, rechaza. La base social y parlamentaria de la tercera administración del FA quiere otra política de relaciones exteriores, más jugada. Que no le tiemble en pulso en denunciar el golpe en Brasil, la prisión política de Milagro Sala o pedir la renuncia de Almagro. Pero en cancillería la línea es otra. Bajo la hipótesis de la política de Estado, de lo jurídico sobre lo político, se ha derechizado al punto de que los frenteamplistas se reconocen menos en la política exterior que los votantes opositores.

 

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