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El voto que faltaba

Por Leandro Grille.

VIERNES 10 DE FEBRERO DE 2017

El diputado colorado Fernando Amado avisó que iba a votar la Rendición de Cuentas. Lo hizo a través del emblemático semanario de la derecha, Búsqueda, en un reportaje en el que exhibe inteligencia para ubicarse en un escenario complejo y un peculiar talento para diferenciarse de todos al mismo tiempo. Al otro díscolo del Parlamento se le tiene que haber venido el mundo abajo. Mujica verá agotarse sus minutos de fama y transitará al purgatorio de los intrascendentes: ahora su voto extorsivo carece de la menor importancia. Para colmo, el mismo día que sale la entrevista a Amado en Búsqueda, el semanario Voces le dedica la nota de tapa al diputado Mujica que se despacha con una frase increíble: “Para ser político hay que tener huevos”.

El contraste no puede ser mayor: Amado es un diputado opositor, pero se muestra como un político responsable que no está dispuesto a que el país se quede sin presupuesto, con las graves consecuencias que podría tener para el plan de gobierno en marcha y algunos programas muy esperados por toda la población, como el Sistema Nacional de Cuidados, al que el presidente ha calificado como buque insignia de la administración. Mientras tanto, Gonzalo Mujica dice que quiere votar la Rendición, pero pone condiciones groseras, se jacta de estar a la derecha de todo el mundo, salvo Edgardo Novick, y despotrica contra el 6% del PIB para la educación. Su papel es lastimoso. Incalificable. Una abyección desenfrenada. Todos los días corre los límites de la indignidad. Negociar con alguien así suele ser inconducente. Hará lo que le venga en gana con arreglo a objetivos mínimos. No es previsible ni confiable.

Por el contrario, el diputado Amado dice cosas que llaman la atención al revés: “Impuestos a trabajadores, jubilados, a actividades productivas, me parece que no. Impuestos al capital, sí […] ¿Cómo no evaluar y eventualmente acompañar impuestos al gran capital que en términos generales no han sido para nada acosados en las últimas décadas?”. El hombre se arrima a las posiciones del movimiento social y las bases de la propia izquierda. Lee bien los subterfugios de tipos como Gonzalo Mujica y otros colegas opositores: “Me parece que la discusión a veces es muy demagógica, es muy para la tribuna y entonces dicen ‘impuestos no’. En general quienes dicen eso es que en realidad nunca van a votar la Rendición de Cuentas y entonces están buscando alguna cosa para decir que no”. Todo eso le fue diciendo Fernando Amado a Búsqueda. Esquematizo: quiere votar la rendición de cuentas porque es irresponsable dejar al gobierno sin presupuesto. Considera que la oposición mayoritaria sólo tiene en mente “hacer mierda” a Tabaré sin importarle el futuro del país e incluso están dispuestos a levantar peligros como “Donald Novick”. Entiende que hay que gravar el capital porque no ha sido suficientemente afectado en esta década progresista. Afirma que es crucial avanzar en el Sistema Nacional de Cuidados. Y denuncia que los personajes que dicen que no van a votar la Rendición si se aumentan impuestos hacen demagogia (“Yo no estoy dispuesto a votar un solo aumento de impuesto más”, había dicho Gonzalo Mujica a la salida de la reunión con Javier Miranda).

Curiosamente esta inesperada situación de pérdida de la mayoría parlamentaria, lejos de significar una crisis para el Frente Amplio y el gobierno progresista, está permitiendo un abordaje más racional de la construcción presupuestal y se va delineando un nuevo escenario con ajustes, reacomodo de fuerzas y hasta cierto sinceramiento político. Ya sabemos que Gonzalo Mujica es un opositor, y entre ellos, es un opositor que –echando mano a su misoginia– tiene “huevos” para cambiarse de bando. También sabemos que todo el Frente Amplio se necesita. No puede haber espacio para un perfilismo desmedido cuando ni siquiera se pueden garantizar los votos en la Cámara de Diputados. Para que este año se constituya para el gobierno de Tabaré en una bisagra o trampolín, o como quiera denominarse a la inflexión que revierta el desánimo, que impulse lo que estaba quieto, que permita un salto en calidad de la gestión frenteamplista, todos los sectores de la izquierda tienen que tirar del carro con generosidad, buscando una Rendición que permita cumplir con el programa sin poner en riesgo la marcha económica del país. Hay que buscar acuerdos en el Parlamento, pero sobre todo hay que buscarlos con los legisladores que tienen una sensibilidad progresista y no conservadora. No debe dar lo mismo la izquierda extrafrenteamplista, como Eduardo Rubio, o los orejanos batllistas como Fernando Amado, que la máquina de impedir de Lacalle Pou y Pedro Bordaberry. Estos últimos son la derecha restauradora. Están vinculados con la nueva ola neoliberal. Emparentados en la región con Mauricio Macri y Michel Temer. Su principal objetivo es tomar el poder para desandar todas las conquistas de estos años: licuar los salarios, eliminar la negociación colectiva, echar gente, poner al Estado contra los trabajadores, ajustar la economía y reducir las políticas sociales. Ya estamos viendo el desastre que están produciendo en los países vecinos. Y es el mismo que se proponen concretar en Uruguay si tienen la oportunidad. La derecha es igual en todas partes, defienden el mismo interés: lo único que diferencia sus programas y su agresividad es la resistencia popular y la capacidad de doblegarla con los medios o con el garrote.

El último aspecto positivo de esta circunstancia electoralmente injusta de que la izquierda haya perdido la mayoría que conquistó legítimamente en las urnas es la voluntad expresada por varios voceros del oficialismo de salir a militar la Rendición. A conversarla con la gente. En los comités de base, en las ferias vecinales, en las plazas de los pueblos. Esa es la clave para elaborar el mejor presupuesto posible y esa es la tarea central de una fuerza política: organizar a la gente para que la construcción del gobierno sea colectiva, democrática, de base. Así se crea el poder popular que no se opone a la democracia republicana, sino que la hace más profunda, más cercana a la gente, más apropiable. Permitir al pueblo discutir los lineamientos de la distribución de recursos del Estado es llenarlo de poder, politizarlo, hacerlo dueño de su destino más allá de la instancia de las urnas una vez cada cinco años. Ese propósito no se agotó en los soviets.

 

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